
Julián, Julián,
Julián Sorel.
Macu. Kitschmacu

En confesiones de medianoche (o de medio día, o de media tarde, según el huso horario en el que usted, amable lector, decida desperdiciar su atención en estos textos), le cuento que —sin ánimos visibles, pero sí plausibles—:
Mis clases de pilates del día de hoy fueron fatales.
La maestra, impecable. La rutina, espectacular.
Yo y mis músculos, en franca disidencia.
No hice mucho, pero me duele todo. La fatalidad, entonces, no estaba en el objeto, sino en el sujeto.
Primera persona del singular. Siempre tan protagonista.
Entre todo eso que me duele —y otras dolencias más difíciles de estirar—, la cabeza ha sido constante.
¿Qué será?, me pregunto con una curiosidad que roza lo clínico.
Desfilan hipótesis: estrés, flojera, alimentación, sueño, hormonas, letargo, renuencia…
y, por supuesto, ese clásico de la mediana edad: existir.
Hoy también (o mañana, o dentro de un mes; usted sabrá cómo administrar este tiempo que yo claramente no administro), cumplí con lo mínimo indispensable en mis responsabilidades remuneradas.
De ocho a cinco.
El hoy, siempre tan perpetuo en mi interior cambiante, eligió —entre infinitas posibilidades— el taoísmo laboral.
Hacer lo justo. Y hacerlo con convicción filosófica.
Después del desastre físico (contrología, le llaman, con una fe que admiro), decidí cenar.
Quizá el dolor de cabeza fuese una baja de glucosa —hipótesis elegantemente ignorada en mi listado anterior—.
Así que me dirigí a un restaurante pequeño, ligeramente tugurioso, donde procedí a reponer, con entusiasmo y exceso, las calorías jamás gastadas.
Habrá notado, apreciable lector (lectora, si así lo prefiere), que no existe una secuencia cronológica lógica en este texto.
No ofreceré disculpas.
La coherencia está sobrevalorada.
Además, la vida tampoco se molesta en ordenar sus párrafos.
Mi gata duerme panza al techo mientras escribo esto, otorgando su vientre como ofrenda absoluta a los dioses del aire acondicionado y la vida sin responsabilidades.
Un referente moral, sin duda.
Sin más —y claramente con menos—, gracias por su interés en este texto profundamente irrelevante.
Les aprecio a la distancia.
Macu.Kitschmacu.
Pd. Recuerde usted, que todo lo anteriormente leído pudo haber sucedido en su hoy, pero ya no en el mio.

Eustaquio hacía muchas pausas al hablar, tenía el tiempo suficiente como para hacer esperar al otro.
Al que se pusiera frente a él y su taza de café.
Tenía por costumbre cortarse el cabello, los viernes de cada quince días, a las 12, con el mismo peluquero de hace ya 40 años.
Antelmo, el peluquero, cada vez durante 40 años, cortaba menos pelo de la cabeza de Eustaquio.
Eustaquio leía, pausado pero feroz. Dormía, poco pero con los arrebatos de un quinceañero.
De ese que dejó de ser hace más de 70 años. No recuerda esa época, porque aún se siente ahí, no ha cambiado mucho, salvo el corte de cabello y las tazas de café.
Hoy es viernes a las doce. Antelmo lo espera, con la taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito.
Hoy es viernes a las tres. Antelmo lo espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito.
Hoy es viernes a las seis. Antelmo lo espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito.
Hoy es viernes a las diez. Antelmo ya no espera con una taza de café, las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito.
Hoy es viernes a las once. Antelmo ya sabe que ya no esperará el otro viernes dentro de quince días, con una taza de café las tijeras recién afiladas y la espuma en un frasquito.
Macu.Kitschmacu.

Mientras.
—¿Sonó?
—No.
—¿Escuchaste?
—Mientes.
—Diantres… —entre dientes—
sí escuché.
—¿Cuándo?
—Durante.
Antes
de ti, de mí.
Desde antes.
—¿Sientes?
—Sí.
—¿En ese instante?
—No.
Después.
Macu.Kitschmacu

—Es lo mismo —dijo.
—Fíjate bien —respondió.
—Te estoy diciendo que es lo mismo —insistió.
—Mira, si te fijas en este lado, vas a ver una manchita roja que el otro no tiene —replicó.
—Oye… —contestó, mientras veía con certeza absoluta la manchita roja que no había notado en el primer vistazo.
—¿Mejor, no? Más bonito.
—Pues sí… pues sí —sonrió al aceptarlo.
Macu.Kitschmacu

Mira, Silvia, es que siento que pasan tantas cosas y nomás no digo nada.
Aquí nomás veo, veo y callo, como dice el dicho.
Luego tú sabes que abre uno la boca y mmmmm…
Ya no sabe uno, así que mira, calladita mejor.
Aunque, Silvia… te diré: callar pesa.
Pesa en el pecho así muy raro; luego ese pesar se va a la cabeza, se va a los ojos.
La mirada ya no es la misma, ¿sabes? Hay como una tristeza, como algo ahí guardado que es de uno, pero no es de uno.
Luego, Silvia, vieras… pesa también un poquito más la sonrisa, pesan las dudas, y así va, de peso en peso, de silencio en silencio, haciéndose uno mismo silencio también.
Pesan y pasan los días, los meses; a veces quiero acordarme de los días que pasaron y vieras que no me acuerdo.
Nomás me acuerdo que el silencio no era tan grande, ni tan pesado, ni tan mi amigo.
Éramos apenas conocidos, Silvia.
De haber sabido.
Macu.Kitschmacu

El texto corto
el acrílico aún húmedo
la gata dormida
el abanico sonando
el aire que corre
la luz en mi espalda
empieza la noche
la planta en la esquina
la pared que sostiene
una botella de agua
el espejo: un mundo
la silla espera
la cama: un portal
Macu.Kitschmacu

Uno siente.
¿Qué siente uno?
Uno a veces siente que siente...
¿Qué será?
¿Será que se siente bonito?
¡Qué bonito se siente sentir!
Macu.Kitschmacu

Samuel,
quiero contarte algo, aunque no sé exactamente qué.
Me levanto con las tres alarmas de siempre.
Antes de que suenen, el celular vibra sobre el buró,
como un insecto atrapado debajo del vidrio.
El trabajo empieza antes que el resto,
como si el día tuviera prisa por empujarme.
Antes me enojaba.
Ahora siento algo que no sé nombrar.
No es tristeza.
No es cansancio.
Es otra cosa.
Me pregunto si así se siente cuando lo importante se va retirando en silencio,
como los clientes de un café al final de la noche.
Veo a todos tan tranquilos, tan ocupados en sus pendientes.
Las luces encendidas, las conversaciones breves,
la normalidad funcionando.
Y yo aquí, detenida, tratando de entender.
A veces pienso que es una etapa.
Otras, que no.
Tal vez debería hablar con Raquel.
Tal vez esto pasa por no decir nada.
Por guardar las palabras como monedas inútiles en el fondo del bolso.
No sé si está bien quedarse callada.
No sé si esto es la vida.
O sólo la mía.
Anoche, antes de dormir,
dejé el celular boca abajo
para que no vibrara sobre mi nombre.
Macu.Kitschmacu

—¿Te fijas, sobrino? El tiempo es un traidor que camina de puntitas. Pasa tan deprisa, fíjate, y pasa como si no quisiera la cosa, como si no pasara nada, que al rato, cuando ya se haya ido del todo, a lo mejor tú ni te vas a acordar de mí, y yo me voy a quedar ahí, hecha un suspiro en tu memoria.
Mira cómo se va el sol, ya le está dejando el campo libre a la luna, y yo aquí, mijo, sintiendo cómo se nos escurren las horas; se van como un chorro de agua con fuerza, de esas que te mojan la cara y no te dejan ni abrir los ojos. ¡Vieras qué ganas me dan a veces! Ganas de que el reloj se quedara parado, así, plantado en las diez de la mañana. Ni muy temprano para las prisas, ni muy tarde para los cansancios... las diez, cuando el sol apenas calienta los huesos y todo se ve tan bonito, tan clarito.
Otras veces, ¿sabes qué quisiera? Que fueran siempre las cuatro de la madrugada. A esa hora el mundo se calla, nadie te busca, nadie te pide nada; es un silencio de azúcar, un silencio bonito de la vida, mientras uno se queda ahí, bien envuelto entre las cobijas, como un tesoro guardado.
Pero no se puede, mijo, de veras que no se puede. Esto va, y va, y no se detiene por nadie.
Macu.Kitschmacu

Esto de los fines de semana se van volando,
volando como los pájaros,
como los aviones,
como los que tienen prisa,
prisa de irse, de estar, de volver.
Volver a volar.
Macu.Kitschmacu

Mira, Héctor, ahorita no, ¿sí?
Ni yo sola me aguanto.
Ayer, sábado, hice un dramón en un desayuno familiar. Dramón de esos que empiezan chiquitos y, de pronto, ya están sentados a la mesa para el desayuno, la comida y la cena.
Después, en la tarde, comí como si no hubiera un mañana. Compré de todo. De verdad, de todo: tostitos, esquites, Maruchan. Pensé en una coquita, pero ya era mucho. Hasta tres señoras se me acercaron a preguntarme cómo se llamaba eso que había comprado, porque se veía buenísimo.
Tres.
Si supieran que lo compré para comérmelo yo sola.
El resto del día fue una resaca silenciosa. No dije mucho, pero pensé demasiado. El desayuno familiar regresaba en loop mientras yo seguía masticando la escena, no la comida.
Me cambié de cuarto porque tenía calor. Dormí bien, eso sí. Profundo. Como si el cuerpo hubiera decidido apagarme.
La gata me despertó a las 6:30 a. m. No perdona.
A las 7:30, otra vez.
Le di desayuno.
A las 9:30 volví a abrir los ojos.
Llegó la otra, se acurrucó conmigo y nos dormimos hasta las 10:30.
Me desperté de nuevo a las 12.
A las 12, Héctor.
No me pasaba algo así desde la secundaria.
Por un lado, bien. Por el otro, el domingo ya no era domingo: era una cosa a medio usar.
No quise salir. Y también hacía mucho que no hacía eso. Me quedé en casa, sin explicación pública. Puse una lavadora. Cambié la sábana de la otra cama. Terminé una película. Me dormí otro ratito.
Luego desperté con un dolorón de cabeza. De esos que no sabes si son deshidratación, azúcar o conciencia.
Ya me bañé. Me puse la pijama limpia. Aquí estoy.
El desayuno sigue ahí, sentado en algún rincón del día, pero ya no grita. Solo mira.
¿Tú cómo ves, Héctor?
Macu.Kitschmacu

Uno espera.
Espera que uno espere.
Esperé a uno que nunca llegó.
Llegó el café caliente y las noticias impresas.
Las noticias por la mañana, un jueves de 1992.
En jueves la semana se siente distinta.
¿Diferente? En 1992 no sabe uno qué esperar.
Esperar el café caliente, eso sí.
Sí que ya las noticias uno las lee; eso espera uno.
Espero en áspera espera: esperé.
Esperé 1992 y aquí estamos en julio.
Estamos —no sé cómo— aquí.
No allá.
No ahí.
Aquí.
¿Cómo?
Uno y el café.
El café y las noticias.
Las noticias y la espera.
La espera, y es julio.
Es julio de 1992.
Eso sí.
Macu.Kitschmacu

—Mira, Roxana, no tienes necesidad de andar con esas mamadas. Si la cosa está jalando bien, ¿qué necesidad de complicarlo?
Se quedó mirando el foco del techo, como si ahí estuviera la respuesta que no quería escuchar.
—De veras, oye…
—¿Que por qué me pongo así? Porque es una reverenda mamada eso que quieres hacer. Así déjalo. Así funciona bien.
Macu. Kitschmacu

—Oye, Roberto, ¿estás seguro de que quieres hacer esto? Ya lo habíamos platicado y no te notaba nada convencido, y ahora, de buenas a primeras, sales con que sí. ¿Qué te picó o qué?
Esto no es cualquier cosa. O sea, yo te había dicho que se me hacía bien, pero tampoco quiero que luego me estés echando esto en cara: que te presioné y todo lo que se te vaya a ocurrir después.
O sea, tampoco es de a huevo.
Razonalo. Medítalo. Porque luego te da por decidir al bravazo.
Macu.Kitschmacu
Sweet reminders:
No todo lo que te cansa merece tu energía.
Aprender a soltar también es una forma de inteligencia y ayuda a crecer, a hacer espacio.
La gente no te trata como eres, te trata como puede.
Eso libera mucho resentimiento. Todo es un espejo.
Si algo te duele en silencio, podrìa doler en grande después.
Hablar no siempre arregla, pero casi siempre aligera. Es bueno, muy bueno hablar con personas profesionales.
No confundas costumbre con amor, ni tranquilidad con felicidad.
Son primas, no hermanas.
Tu vida no tiene que parecerse a la de nadie para estar bien hecha.
Solo tiene que sentirse tuya.
—¿Segura que quieres invitar a los compadres a cenar el viernes?
—Sí… ¿por qué no?
—A ver, Brenda, tú sabes que Pepe es mi amigo desde la prepa, pero eso no quiere decir que me caiga bien del todo. Es buena gente y todo eso, pero desde que se siente tocado por los dioses en la chamba está inamamable.
El otro día, en su despacho —ya ves que fui porque me está ayudando a revisar los contratos del sindicato—, se la pasó contándome de su colección de perfumes. Que más de 300 mil pesos en perfumes. O sea, Brenda… tampoco es como que él y la comadre tengan vida de millonarios. Tú sabes.
—¡Iiiiiii! ¿Apoco eso te contó?
—Sí, ¿no te había dicho?
Y pues, la verdad, Brenda, no estoy de humor para estar oyendo esas mamadas.
—Mira, Rodrigo, ¿qué son tres horas? O sea, que vengan a la casa, cenamos, vinito, platicamos los cuatro y nos la pasamos bien.
Hace como tres meses que no los vemos. Vi a la comadre en el súper hace como una semana y la vi muy normal, simpática… bueno, con la misma ropa de hace como cinco años y su mismo peinadito de hace como veinte… No sé cómo te dice el compadre que su colección de seiscientos mil pesos.
—Trescientos, Brenda. Trescientos.
—Bueno, lo que sea. Yo la vi muy normalita, hasta jodidona un poquito.
—¿Entonces?
—Pásame el control, ya se acabó el programa.
—¿Viernes a las siete? Pido del asiático que te gusta.
Macu.Kitschmacu

Te amo, le dijo.
El silencio respondió.
Macu.Kitschmacu

—¿Qué hiciste, qué?… no puedo creerlo. Nada más a ti se te ocurren esas cosas.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—N’ombre… ¿cómo así?
—Te digo que nada más a ti se te ocurre eso.
—Oye, pero a ver… pensándolo bien, no estuvo tan mal. Digo, pero a ver cómo se lo toma.
—¿Y cuándo se ven o qué?
Macu.Kitschmacu